Animus y anima

Por David Topí - 2 - noviembre - 2015 9:15 am

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Ya que estamos en el tema del alma, tal y como habíamos comentado en el anterior artículo, hay muchas referencias al posible “género” de este cuerpo, que sirve de enlace al ser que somos, y a nuestro Yo Superior, con el vehículo físico que usa, para las experiencias en este plano. Es obvio que en las múltiples encarnaciones que hemos tenido (estamos teniendo, tiempo simultáneo) cada uno ha tenido vidas como hombre y como mujer. Como regla general, no tenemos memoria consciente de estas otras existencias, aunque puedan estar latentes en nosotros, a diferentes niveles dentro de nuestro sistema energético, y en conexión entre si a través del entramado que define la totalidad del conjunto multidimensional al que pertenecemos.

En todo caso, y por definición, para prevenir una sobre identificación de un individuo con un solo género, en toda encarnación masculina existe una “personalidad” interna femenina con sus cualidades inherentes, y viceversa. En psicología Jungiana, esto es lo que normalmente se conoce con los términos de “anima” (la parte femenina en el género masculino) y “animus” (la parte masculina en el género femenino).

El anima

El anima en el hombre es, entonces, la memoria psíquica y la identificación con todas las encarnaciones femeninas que hemos tenido, y en las que hemos estado involucrados. Contiene en si misma el conocimiento, en el varón actual, de sus existencias femeninas, y el entendimiento intuitivo de las cualidades femeninas de las que la personalidad actual se nutre instintivamente. El anima, para el hombre, es así un importante salvavidas, previniendo al alma de una híper-identificación excesiva con las características culturales impuestas sobre el varón por la educación, la sociedad y el sistema bajo el que vive. De no tener un mínimo de acceso intuitivo, e instintivo, a la energía y esencia de sus encarnaciones femeninas, los extremos de comportamiento y manifestación de cualidades puramente masculinas producirían (y producen en algunas personas) tendencias radicales hacia una de las dos polaridades, la de hombre, en este caso.

Por otro lado, el anima no solo es un contrapeso natural en la psique del hombre, sino que actúa a nivel global suavizando, o tratando de hacerlo, tendencias extremadamente agresivas, y sirviendo además como un puente de entendimiento en la comunicación con el otro género, el femenino, en la familia, en las relaciones, en el entorno. El hecho de poseer, en otros niveles mas allá de la mente consciente, y a nivel de psique, este “anima”, es lo que permite (debería permitir)  al género masculino ser capaz de percibir la forma de entender, comunicarse y relacionarse con su complemento. Para el hombre, arquetipos como la sacerdotisa, la madre, la esposa, la mujer sabia, la abuela, etc., son, en diferentes culturas, roles que simbólicamente representan diferentes cualidades y diferentes tipos de vidas femeninas que todo hombre también ha vivido, y ahora se perciben como “papeles” que alguna vez fueron manifestados por ellos en una o varias existencias.

El animus

En el caso complementario, ocurre lo mismo. El animus, según Jung, es la parte masculina imbuida en la psique del género femenino, y representa el cúmulo de experiencias y aprendizajes recogidos por las mujeres actuales en pasadas encarnaciones como hombre. Los mismos arquetipos, pero en el género opuesto existen para toda mujer en referencia al sexo complementario: el hombre sabio, el esposo, el niño, el sacerdote, el padre, etc., y son reminiscencias de papeles que también tomaron en otras vidas. Es a partir de la conexión con el anima y con el animus, principalmente durante el sueño, que la personalidad y psique actual de cualquiera de nosotros puede obtener un conocimiento intuitivo, y de base, de las características principales del género que no está manifestando en esta existencia.

En determinadas circunstancias, si un hombre o una mujer exhiben tendencia a radicalizarse en uno de los dos polos de comportamiento, sea híper-femenino o híper-masculino, la propia alma de la persona trata de equilibrarlo “potenciando” el anima o animus interno para compensar. Que se consiga es otra cosa, ejemplos hay a la vista de todos. Que se ponen en marcha esos mecanismos internos para conseguir ese balance es algo que funciona de forma natural e innata, guiados por nuestro ser y Yo Superior. Idealmente, en un funcionamiento armónico del ser humano, este tipo de “activación” produciría una persona equilibrada, y aplicado en masa, un comportamiento social (cuando no estuviera manipulado e inducido por otros medios para crear ese desequilibrio hacia una u otra polaridad), armónico y creativo.

Múltiples vidas, múltiples cuerpos

El anima y el animus se consideran, pues, componentes psíquicos proveniente de la experiencia a través del alma en encarnaciones de uno u otro sexo. Además, no solo tiene consistencia “real” en la psique de la persona, sino que están imbuidas físicamente, en nuestra consciencia genética, la “memoria” de esas existencias que nos daría continuidad de consciencia y acceso a la información de las vidas que hemos tenido. Para acceder a ello, según Gurdjieff, debemos convertirnos en la categoría de hombres que, en su sistema sobre la evolución del ser humano, se denominan “hombres número 5”.

De hecho, en cada nuevo cuerpo que usamos, cada nuevo vehículo orgánico que ocupamos, traemos codificada la información de todos los otros cuerpos anteriores (a través de los llamados átomos simiente). El cuerpo actual, su forma, sus características, sus defectos y virtudes, son tanto el resultado de la amalgama del ADN heredado de nuestros progenitores, como de la acumulación de características de otras existencias, de las cuales, ciertas cualidades salen a la superficie para la encarnación actual, sobre imponiéndose a aquellas otras que tuvimos antaño, pero que siguen latente a diferentes niveles de “profundidad” en la totalidad del sistema energético y psíquico que poseemos. Quizás una forma de explicarlo gráficamente, sería como decir que tenemos múltiples capas, invisibles, energéticas, dentro del cuerpo físico, que contienen las imágenes físicas previas que hemos tenido. Están latentes, y se encuentran “archivadas”, por decirlo de alguna forma, pero están conectadas electromagnéticamente con la estructura celular de nuestro cuerpo actual. Si las viéramos, o supiéramos verlas en otras personas, o en nosotros mismos, delante de un espejo, aparecerían como imágenes borrosas superpuestas a la nuestra. Si recordáis el artículo de las memorias kármicas de hace algunas semanas, es la activación de una de estas “capas” pertenecientes a memorias de esas otras encarnaciones, las que pueden activar cualidades latentes, recuerdos dolorosos, memorias y habilidades que se mantienen, ahora mismo, en segundo plano.

El anima y el animus, como la esencia psíquica de todos esos otros cuerpos pertenecientes a otras encarnaciones, divididas en las encarnaciones femeninas y encarnaciones masculinas, resulta en un mecanismo de compensación para el individuo cuando este tiende tendencia (o es inducido) a manifestar cualidades que le radicalizan hacia uno de los dos géneros, tratando siempre de contrarrestar y volvernos a situar en un estado de equilibrio lo más armónico posible, para que podamos experimentar ser hombre o mujer, con sus cualidades inherentes, pero no perder nunca el balance, pues, fuera de un cuerpo humano, lo que realmente somos, no tiene género.