David Topí

Explicando el mundo que no vemos

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Todos los grupos que, por alguna razón o por otra, se habían visto involucrados con el cuidado del planeta y que conocían bien como funcionaban los ciclos evolutivos a lo largo de la galaxia se dieron cuenta de que, en “breve”, algo importante iba a suceder.

Se acercaba el final de un ciclo. Había una oportunidad de hacer pasar al planeta a otro plano frecuencial, donde la vibración y las energías encontradas modificarían por completo la vida orgánica, produciría un cambio total en la estructura atómica de la Tierra y con ello afectaría por completo a todos lo seres que lo habitaban. Se terminaría así de un plumazo la existencia actual de destrucción, la manipulación, y el control por parte de las razas creadoras del ser humano como un ser “implantado” y fuera de lugar, que se había convertido en una plaga y parasito para el resto de conciencias y seres que habitaban la Tierra.

Largo tiempo el espíritu grupal de las razas animales se lamentaba de los daños sufridos, miles de especies que fueron traídas de otros planetas fueron sacadas de aquí por los mismos que las trajeron, la naturaleza se había vuelto desconfiada del ser humano, los elfos, ondinas, gnomos y hadas jamás se hacían visibles para este, el espíritu del mar contenía la ira al ver como sus aguas se iban polucionando y contaminando.

Pero los jardineros, y las razas que creían que todavía era posible solucionar el problema no dudaron un solo instante en redoblar sus esfuerzos para despertar al ser humano, que, en su mayoría, seguía todavía sumido en su mentalidad dominadora, arrasadora y conquistadora, como si fuera el ser más inteligente que pisara el planeta en el que vivía, y sin darse cuenta que el resto de conciencias y seres lo consideraban más bien una plaga a exterminar. Si ya había millones de espiritus de jardineros de todas las partes de la galaxia encarnando, millones más llegaron para seguir encarnando y trabajando a destajo desde dentro. El Logos Solar, el padre energético de la Tierra, viendo que se terminaba el tiempo, pegó un grito desesperado que llegó hasta los grandes arquitectos de la creación, en el centro de la galaxia, y estos también decidieron intervenir. La Tierra era un planeta “enfermo” y necesitaba mucha ayuda.

Así, se convocó una reunión. Representantes del Logos galáctico, representantes de los árboles, el espíritu del viento, del agua, representantes de los elfos y de las hadas, representantes de las razas intraterrenas que habitaban el planeta en armonía mucho antes de la creación del ser humano, y representantes de las diferentes razas de jardineros que atendieron la reunión desde sus naves espaciales empezaron a discutir que iban a hacer.

Algunos de los asistentes pensaban que un “borrón y cuenta nueva” sería una buena solución, ellos podrían encargarse de ello, limpiando el planeta de un plumazo y dejando que este se regenerara por completo desde cero. Esto representaba no subir de nivel evolutivo, sino mantener durante otro ciclo completo a la Tierra en el nivel frecuencial actual, pero limpia, empezando desde el principio. Otros, más benévolos, y entendiendo que el ser humano era un producto inconsciente de laboratorio, que había sido creado y que merecía una oportunidad para desarrollarse por si solo sin el yugo de sus controladores abogaron por permitirles que tomaran las riendas del cambio evolutivo en sus manos.

Para ello iban a ser guiados por millones de jardineros que entrarían de nuevo justo antes del cambio, y por los que estaban ya dentro, para instaurar las condiciones necesarias para permitir al planeta el salto de nivel. Los jardineros empezaron a buscarse entre ellos, y empezaron a despertarse unos a otros ayudados por sus representantes que estaban fuera del planeta en las naves. Cuando muchos de ellos empezaron a acordarse de quienes eran en realidad y para que habían venido, pudieron empezar a recibir instrucciones y planificar la última fase del plan de choque que debía implementarse,  algo que venia a ser como anclar una especie de manto energético que les permitiría mantenerse sujetos al planeta cuando este tuviera la oportunidad de cambiar de plano frecuencial dentro de la elíptica galáctica en la que se encontraba.

Aun así, para ello, los jardineros no eran suficientes en número, sino que hacían falta millones de seres humanos “despiertos”, y dispuestos a ayudar, para enraizar esas nuevas energías al planeta, de forma que este no se viera rechazado por la fuerza del vórtice que permitía el paso dimensional, lo que sucedería si la Tierra no era energéticamente compatible con el nuevo entorno al cual se iba a desplazar.

El problema es que no todos los asistentes a esa reunión confiaban en que los seres humanos lo pudieran conseguir. Pero es que, si no lo hacían, si no estaban listos cuando llegara el momento de la apertura del vórtice, con el nivel evolutivo suficiente para mantener la malla frecuencial necesaria para poder moverse de una zona a otra, el planeta se vería abogado a otro ciclo completo dentro del mismo plano, no se habría producido el salto, y aquellas razas que deseaban mantener al planeta como su zona de recreo y de suministro probablemente habrían ganado la partida.

Y eso no podía ser.

Estas mismas razas invasoras, ya lo sabían los jardineros, habían hecho y repetido el mismo patrón en todos los otros sistemas que habían conquistado, y, en algunos casos, habían llegado a destruirlos, volando planetas enteros en pedazos por la codicia, la negatividad y el deseo de poder sobre todo lo existente que existía en ellos. Y eso sería una gran desgracia para los maestros arquitectos que tanto amor habían puesto en la creación de la Tierra, y una desgracia para los espíritus que desde la Fuente no tendrían entonces un lugar como este donde experimentar y crecer.

Solo la Fuente entendía que estas razas actuaban según su naturaleza, y que habían tomado la decisión hacia eones, debido a la ley del libre albedrio, y como grupo, de renunciar a mantener la chispa divina en su interior, por lo que, volviéndole la espalda a la matriz de luz, sus almas se habían vuelto oscuras y mortales, necesitadas de tecnología para subsistir. El ser humano, por otro lado, jamás perdió la matriz de luz que residía en los homínidos, y por ello su esencia era inmortal, pero pocos de ellos sabían que la tenían, y muchos menos sabían usarla, dejarla salir y resplandecer y hacer que fuera ese espíritu que había encarnado en ellos quienes ayudaran a enderezar la situación del planeta, pues todos querían hacerlo, mientras buscaban sus propias experiencias y adquirían sus lecciones evolutivas particulares.

Solo por eso, o principalmente por eso, se les dio a los seres humanos la oportunidad de lidiar ellos mismos con el cambio evolutivo que tenían delante, aunque contarían con la ayuda de los jardineros, cada vez más numerosos, tanto los encarnados dentro del sistema como los que orbitarían y trabajarían desde fuera, combatiendo si era necesario y literalmente hablando, a los que trataban de hacer que los humanos no despertasen, y se mantuviesen bajo el sistema de control implementado desde hacia ya miles de años.

El plan ya estaba en marcha, y todos empezaron a trabajar duro para ello, pues el tiempo apremiaba, y había aun mucho por hacer…

– Y así concluye la leyenda, mi joven discípulo….

– Pero Maestro, ¡no puede ser!, no tiene final, ni moraleja, ¡ni me has explicado que sucedió al final con los humanos y el planeta Tierra!!

– Ah….- dijo el anciano maestro- es que eso aun no lo sabemos, porque, pequeño, el final aun está por decidir, y es en estos mismos momentos que la raza humana se está jugando su futuro…

Y entonces el discípulo lo entendió todo, y se levantó, salió fuera al jardín. Se arrodilló delante de un árbol, y le pidió perdón. Se levantó, fue al rio, y le pidió perdón al agua. Se acerco a un cervatillo, y le pidió perdón a los animales. Levantó su cabeza al cielo, se dejó mecer los cabellos, y le pidió perdón al viento. Tocó la tierra con las manos, y le pidió perdón al planeta entero. Y les prometió que no cesaría de luchar hasta que el curso natural de la evolución hubiera retomado su camino, y la Tierra volviera a ser el paraíso y el planeta creado para ser disfrutado, como había sido el deseo de los grandes maestros arquitectos y de todos los seres que en el residían.


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